ÉSTE ES UN CUENTO FASHION


Bulgari
Antonio llevaba años saliendo con Bedrksha. A ella la había conocido en la presentación de la nueva marca de una diseñadora joven. Bedrksha era una tipa flaka de pechos escuálidos y piernas lánguidas pero extensas. Usaba pitillos negros en toda ocasión y polos tipo túnica de colores como para no desentonar con su piel. Usaba casacas de cuero negro y desgastado, las que tenía en muchas variaciones de marrón. Pero lo que más le llamó la atención a Antonio fueron sus tacones número 12 de plataforma escondida las que la hacían extremadamente alta y angelical. A Antonio siempre le gustaron las fotografías de las modelos delgadísimas de las revistas de moda y de algún modo pensar en Bedrksha como una cita lo hacía sentirse modelo de portada también.
Esa tarde Antonio había terminado de leer “De la tierra a la Luna “de su escritor favorito. Él siempre había soñado más que con escribir una novela de ficción, en vivir de manera ficticia. Creía mucho en las experiencias del tercer tipo y tenía una suerte de ritual específico para cada día del calendario. Nunca ponerse el zapato izquierdo primero; jamás dejar el I-phone prendido durante la noche y dormir con un vaso de agua en el velador para eliminar toda la mala energía del día con el sueño de diez horas.
Los extraterrestres existían, pero él no podía pertenecer a la cientología por una cuestión monetaria; si bien le iba excelente con el salario de la compañía de modelos en la que trabajaba como consultor, a las justas le alcanzaban las monedas para la cerveza blanca y sus cigarrillos Marlboro light. Otros gustos estaban dentro del lujoso departamento del segundo piso que tenía en Faubourg Saint Germain.
Luego de revisar toda su colección de libros de Julio Verne, Antonio se puso sus zapatos planos de agujetas y decidió usar los lentes geek verdes que a Berdrksha tanto le gustaban, según decía le hacían juego a sus ojos verdes; además ella le había recomendado la noche anterior usarlos para que hicieran  un pareja hermosa al momento de vestir su vestido de lunares blanco y fondo verde. Bedrksha  le había prometido usar un escueto vestido de colegiala con sandalias de plataforma y medias cremas. Ella odiaba mostrar sus pálidas piernas fuera de la pasarela y que por motivos hormonales le habían dado ganas de romper con ese viejo gusto y liberarse de la mala onda.
Antonio cogió un poco de cera para el cabello y delante de su ropero del siglo 16, terminó de arreglarse el peinado y la barba, se colocó los lentes verdes y se acomodó la camisa banca con la corbata moño negra en el cuello. Antonio decidió llevar un bolso de mano, ése que comprara en un mercado de pulgas y que le daba un toque vintage a su look al momento de subir al metro. Solo tenía sus llaves y su teléfono celular; entonces decidió coger un libro al azar del estante y así llenar el bulto en su prestigiosa cartera de segundo uso.
Bedrksha estaba en el hotel donde sería la recepción luego del desfile de Devota& Lomba. Tenía el cabello batido  y aún el maquillaje raro de la noche. Había ya brindado con varias copas de champagne y había fumado más de cuatro cigarrillos. No se inquietaba por que Antonio llegase o no. La armonía de los rostros de los modelos se hacía perfecta a medida que pasaba la tarde.
Ese día Antonio había decidido no llevar la cámara para tomar alguna fotografía, ya se había levantado con un extraño presentimiento que le decía que algo se le iba a perder hoy, entonces no estaba dispuesto a asumir riesgos al momento de embriagarse y perder algo de su propiedad. Lo que llevaba era básico y único para la velada; de los condones  se hacía cargo desde hace un buen tiempo Bedrksha, pues la dosis inyectable que se aplicaba cada mes le estaban alborotando los nervios  probablemente le harían desear comer más o subir de peso.
Antonio no se oponía a la diferencia del goce, pero eso le tenía perforado el cerebro desde hace buen tiempo; pesadumbre que se le iba aliviando con la fotografía.
Ya en el Metro, Antonio había calculado la más de media hora que le iba a tomar viajando hasta cruzar la ciudad y llegar a Hotel LeRoux, donde estaba “Bed” con sus amiguitas comiendo caviar y bocadillos insignificantes para no modificar en nada la figura. Cuando Antonio quiso acomodarse en un nuevo asiento en el tren, se dio cuenta que la tarjeta de metro se le había perdido; felizmente el ya había agotado hasta el 70 por ciento de su saldo.
Antonio se quedó pensando en el hecho y no pudo pasar por alto el trago amargo del mismo presentimiento del día. Maldijo en su mente a la persona que habría de encontrarse su tarjeta y gozar de beneficio sobrante. Se quedó parado en el tren en pleno movimiento hasta que luego de respirar logró sentarse de nuevo. Esta vez al lado de una colegiala que llevaba en una bolsa a un gato de manchas blancas y negras. Desde pequeño Antonio odiaba a los gatos y nunca pudo superar que ellos mataran a su madre. No se explica cómo haberse criado con ellos y luego una mañana tener a tu madre con el útero reventado. De no haber sido por ellos su vida habría sido distinta, mucho mejor, pero tal vez sin Bed.
Pasaban por el metro unas luces rojas y blancas y Antonio de pronto perdió las ganas de continuar su viaje hasta el LeRoux, sintió asco de la chica y auguraba la misma muerte de su madre para ella. No se cambió de sitio porque ya su semblante era demasiado raro para el resto de pasajeros. Sintió como si los nervios se le estancaran en los pies, de pronto la música de su I-phone comenzó a sonar más fuerte y en su cabeza todo cogió cadenciosamente ritmo acelerado. Hace mucho tiempo que le habían dejado de venir los ataques de pánico y hace más que no tomaba ansiolíticos por falta de motivos razonables. De pronto sintió que no podía moverse y que en cualquier momento la gente se daría cuenta de que ha llegado a su destino y el no tendría el valor de pedir ayuda para bajar o regresar a casa.
Empezó rápidamente a pensar con qué pie se había levantado hoy , si entre sueños habría bebido del agua del vaso de su velador por error, volviendo hacia sí la energía negativa del día anterior, o si tal vez algún ser alienígena quería comunicarse telepáticamente con él. Le pareció absurdo reparar en esas cosas a las que el tanto se aferraba, y si bien ya se había sentido así antes, solo tenía que hablar con Bed para calmarse. Pero era inútil, Bed estaba en medio de la bulla nocturna del coctel  y era en vano hacer que ella conteste el teléfono; Antonio, empezó a sudar en frío, cuando la puerta del metro se abrió en la siguiente estación. Al menos le quedaban un promedio de quince minutos a Antonio para mover siquiera un dedo; pero ese intento también resultó infructuoso. La niña con el gato bajaron en esa parada y subieron tres yunkies fumando y con ellos una botella de vino en una bolsa de papel.
Antonio sintió más vergüenza y vió como lentamente su orgullo yuppie se iba derritiendo con el calor de los nuevos pasajeros y su embriaguez. Antonio se cambió hacia la ventana por inercia, trató de calmarse pues habría logrado moverse de un asiento al otro, sonrió como recordando algún éxito pasado pero quiso quitarse los audífonos y no pudo. Algo extraño pasaba en su cerebro que no podía coordinar movimiento alguno. Se quedó parapléjico y vio cómo lentamente se acercaba la siguiente estación. La presión sobre él y el destino creció, y sus hombros asumieron la cualidad del hielo en la Antártida. Se quedó tieso como un cadáver y ya era inevitable que la gente lo viera y se riera. La gente parecía hablar de él y su actitud estática. Antonio palideció y dio todo por perdido. Llegar hasta bed, acariciarla por última vez, beber champagne con ella, saludar a la diseñadora y establecer algún contacto con algún editor de modas. Había llegado su parada pero él no pudo moverse, quedó disecado.
Todo está perdido, pensó ; en algún momento alguien le pedirá que se baje y el no podría responder, la gente pensaría que está drogado y tendría problemas al día siguiente. Lo que él no sabía era que no habría día siguiente.
A la justas pudo mover sus ojos y seguir al edificio LeRoux desde lejos cuando el metro volvió a ocultarse debajo de tierra. Quiso gritar de desesperación pero no pudo, quería bajarse y no pudo, quería ver a su novia y no pudo. El tren cogió la nueva marcha y esta vez retornaría cerca al barrio de Antonio. El plan era ahora otro. Lograr llegar a casa.
Pasaron tres estaciones más donde por el horario ya no habían pasajeros, el metro daría una última vuelta por el Saint Germain, ésta era la ocasión para Antonio de dar terminada esta horrible pesadilla. Además en cualquier momento Bed se preocuparía por él y así la calma volvería. Pero bed se había embriagado demasiado y se fue con Arnaud, Casper y Adelaine a seguir la fiesta en el departamento de uno de ellos.
Antes pasarían a comer algo por allí, pero Bed perdió el equilibrio sobre sus plataformas  y cayó rotunda sobre el suelo, sus amigos la levantaron y rieron mientras seguían el camino por las avenidas. Bed se atrasó nuevamente un poco y no pudo con su propio peso y se desplomó nuevamente.
Antonio llevaba hora y media viajando sin novedades, sus miedos se habían aglutinado en las yemas de sus dedos como para marcar algún numero en su I-phone. Estaba sólo en el vagón del tren y no pudio aguantar la soledad de su quietud y se puso a llorar. El ambiente de pánico lo había devorado a él y a su bolso Bulgari. Se quedó dormido.
Bed se había estrellado con una bicicleta fuera del bar, tenía las piernas lastimadas y llenas de barro y sangre. Sus amigos la levantaron pero ella no quiso se echó a llorar y juró jamás usar un vestido así; luego se juró a sí misma no volver a ver a Antonio, si él hubiera estado allí la hubiera sostenido y no se habría lastimado.
Antonio se despertó y el tren seguía en movimiento; el turno fúnebre de viaje  estaba en curso, pero el ya no podía siquiera pasar su lengua por sus labios. Entonces decidió que ya era suficiente, no podía dejarse controlar por una fuerza extraña, una fuerza, que según él no existía.
Intentó por última vez levantarse y avanzar hacia la manija de emergencia y parar de una vez este maldito viaje. Hizo un último esfuerzo y quiso alzar su bolso, nuevamente no pudo.
Las lágrimas le caían caudalosamente y pidió perdón a dios por no haber creído en el todo este tiempo y maldijo el momento en que le empezó a gustar la lectura de ficción y maldijo también a Verne. Se confesó  pecador y prometió incinerar todos sus apuntes sobre ufología y religiones extrañas, pero luego pensó que era demasiado tarde.
Se enfureció y de pronto cayó al suelo como si alguien lo hubiera empujado, lo hizo sobre el piso frío del vagón, sus lentes verdes salieron volando y de pronto la sangre le ahogaba el rostro. No sabía lo que pasaba, pero no le dolía nada. Empezó a gritar y a llorar, pero nadie le escuchaba, su grito se confundía con el ruido de las rieles; gritaba y lloraba porque había descubierto su nueva voz. La de un afeminado fotógrafo que se pasa la vida siendo pulcro y leyendo literatura de ficción.
Tenía algo atravesado entre la columna, algo tan fino que parecía un metal retorcido, un pedazo de vidrio que le perforaba la espalda; en el suelo volteó la mirada y su bolso Bulgari no estaba. No recordó más que su desayuno en la mañana, jugo de naranja en un vaso medio rajado. Se lamento no haber desechado ese vaso cuando pudo, tal vez no haberlo hecho antes era el motivo de esta desgracia. Ahora quedaba tirado en el piso sobre un charco de sangre, con la camisa embarrada e inmóvil, sin bolso, sin lentes y sin su libro de Verne.
¿Qué mierda le paso a Antonio?

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